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Reseña: Canción de cuna de Auschwitz, de Mario Escobar

  • Foto del escritor: Annie
    Annie
  • 27 oct 2022
  • 4 Min. de lectura

Debo decir que desde el primer momento en el que me topé con este libro, he tenido sentimientos opuestos hacia él.


Ya incluso antes de leerlo no estaba segura de qué quería, o qué pensaba. Por una lado me atraía muchísimo (no sé si por el título, por la promesa de la historia, por el tema, que no sé por qué siempre ha sido como un imán para mí, por la portada...), y estaba decidida a leerlo tarde o temprano. Pero por otro lado no quería empezarlo. No me atrevía. Sabía que trataría de niños que han pasado, o se han quedado para siempre en Auschwitz, y sabía que sería duro de leer.


Por suerte, después de unos cuantos libros algo mediocres sobre ciencia ficción y amores adolescentes, sentí que necesitaba una fuerte dosis de realidad para anclarme de nuevo a tierra firme (temporalmente, por supuesto). Y ahí volví a encontrarme con el libro, y decidí que era un buen momento para enfrentarme a él.


El comienzo debo reconocer que me chocó un poco, ya que no esperaba que fuese "presentado" por el mismo Mengele. No es que la historia sea suya, o la cuente él, sino que él es el que la ha conservado, el que la ha rescatado (por error, según él). Y es que lo que más me ha llamado la atención de este libro con respecto a todos los demás que he leído sobre el tema, de sobrevivientes o de segunda mano, es que se presenta a esta persona como ser humano, como alguien racional, incluso como alguien con sentimientos. Y yo sé que obviamente fue una persona, pero humanizarlo me chocó tanto sabiendo todas las barbaridades que hizo, sobre todo a niños.


Y es que es lo más curioso. En el libro, la protagonista, una alemana, aria pura, ingresa voluntariamente en el campo de concentración porque se niega a abandonar a sus hijos, clasificados como gitanos por tener padre gitano (lo que en mi opinión haría cada madre... pero por muy irreal que parezca, no fue así). Una vez dentro, entra a formar parte del numerosos grupo de gitanos del campo, hasta que llega Mengele. Helene destaca por sus rasgos claros, pelo rubio y ojos azules, y cuando Mengele descubre que es alemana de pura sangre, decide que sea la encargada de abrir una escuela infantil en Auschwitz. Por ayudar a sus hijos, y a todos los demás niños del lugar, a sobrellevar mejor todo el terror por el que están pasando, Helene acepta, y con ayuda de Mengele (si, sé que suena rara esta frase, así me sentía yo leyéndolo!!) logra un pequeño oasis dentro del campo de la muerte. Ella se encargaría de la organización, de que los niños fueran cada día al lugar a disfrutar de unas pocas horas de infancia, de comida extra que Mengele les conseguía, al igual que de materiales escolares y demás.


Con todo eso, parecía que Mengele era una persona buena, un ángel que había llegado para salvar a las pobres criaturas del infierno en el que se encontraban. Yo solo temblaba al saber lo que ese hombre había ido a hacer, y se me encogía el alma con cada página que avanzaba sabiendo lo que me acabaría encontrando.


Debo decir que no se cuentan casos demasiado directos, excepto uno o dos, ni se habla tanto del horror que sufrieron las personas a manos de ese...señor, ya que todo es en forma de diario de Helene, que como todos los demás, solo oía los rumores, solo sospechaba, pero no se atrevía a pensar que fuese realidad, a aceptar que había ayudado a que Mengele organizase no una escuela, sino una sala de reclutamiento para sus experimentos.


Uno de los puntos más culminantes fue cuando ella fue a enfrentar a Mengele, a reprocharle lo que todos decían que hacía con los niños. No sabría decir por qué no la mató en ese momento. Podría haberlo hecho, sin pestañear siquiera. ¿Porque era aria? ¿Porque algo en ella le desconcertaba? No lo sé. Pero no la mató. Es más, le dejó claro que si no fuese por él, todos esos niños ya estarían muertos, por el hambre, por el frío (lo que seguramente sea cierto, pero merecía la pena que sobreviviesen un par de día mas para verse sometidos a tales torturas?), que el dinero que conseguía para las galletas, la leche, la madera para hacer fuego y calentar el aula, todos esos materiales, venía de la universidad donde él trabajaba, y que si quería que le siguiesen subvencionando todos esos caprichos, él tenía que entregar resultados, tenía que hacer estudios. Prácticamente era como dar a entender "tengo que cortar a uno de ellos de vez en cuando para que el resto siga teniendo qué comer".


No pude enfrentarme a esa idea. No pude plantearme si todo lo que hacía en realidad Mengele era un intento de mejorar realmente la vida de aquellos niños. No me atreví a pensar que tal vez no era tan cruel como se le ha descrito siempre. Sigo sin poder hacer nada de eso. Me niego. Se me revuelve el cuerpo entero solo de imaginar algo así. Porque hay otras formas. Hay otras opciones. Siempre hay opciones.


Creo que el libro en general es bueno, sin destacar más que otros de su categoría, pero ese punto en concreto, la humanización de Mengele, ha hecho que este libro se quede grabado a fuego en mi memoria para siempre, no tengo dudas. Y quiero reconocer que detesto que por muy pequeña que sea, se haya plantado una semilla en mi mente que ya no me permita ver las cosas negras y blancas, sino de ligeros matices grisáceos.


El final es otra pequeña sorpresa que os dejaré a vosotros si decidís leer el libro. En él me he visto reflejada en Helene, cantando la canción de cuna para el último sueño en Auschwitz.

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