Peonias
- Annie

- 21 nov 2021
- 2 Min. de lectura
Se levantó como cada mañana, a las 7:30. Era su hora desde hacía años. No era facil cambiar ese tipo de hábitos. Se puso las zapatillas desgastadas, y se dirigió al baño en silencio. Su día comenzaba al ducharse y lavarse los dientes. Rutina que le hacía desperezarse, y ponerse en movimiento. Tras vestirse con su pantalón vaquero, y una camisa a rayas, se dirigió a la cocina y puso la cafetera en marcha. La máquina estaba configurada para llenar dos tazas. Tras eso, cambió las zapatillas por unas deportivas, igual de desgastadas, y salió a la calle, sin hacer ruido. El aire fresco de la mañana trató de despeinarle, pero no era problema. Ella siempre se reía cuando eso pasaba, y a él le gustaba hacerla reír. Paseó por la calle, siguiendo el olor del pan recién hecho. Entró, y compró una barra crujiente y esponjosa. Rompió un pedazo, riendo, sabiendo que eso la irritaría un poco. Pero su malicia era bienintencionada. Se fue comiendo el pan caliente de camino a la floristería. Siempre llegaba a tiempo para ver las flores frescas llegar. Había una gran variedad, podría elegir las que fuesen: rosas, tulipanes, girasoles, lirios, calas... pero a ella le gustaban las peonias. Siempre había dicho que cualquier color era hermoso en estas flores, pero él sabía que las que más la entusiasmaban eran las de color rosa, el clarito, no el otro. Eligió las 4 más bonitas, y pagó en efectivo, como cada mañana. Se despidió con una sonrisa y un "que tengas buen negocio hoy", y se fue. En la mano derecha llevaba las flores, hacia abajo, para que no se rompiesen. Se las quería llevar frescas y enteras. Ya había aprendido los trucos para conseguirlo. Tantos años de experiencia no podrían haberle enseñado menos. Bajo el brazo izquiedro llevaba la barra de pan, que todavía humeaba y esparcía su marca de calidad por donde pasaba. Así entró en el cementerio, con una inclinación de cabeza para saludar al celador. Pasó por el camino señalado, serpenteando entre lápidas elegantes, y otras ya derrumbadas. Saludó en su mente a los que ahí descansaban. Tanto tiempo pasando por ahí, le había hecho aprender los nombres. Al fin y al cabo, eran los nuevos vecinos de su querida Cristina. Llegó a su tumba, y antes de sentarse a su lado, quitó las pocas malas hierbas que empezaban a brotar. Cambió las flores del jarrón y con la mano libre depositó un suave beso sobre la lápida. Su día había comenzado, aunque su vida hacía años que se había marchado.
Annie Eichnerová



Comentarios