Para siempre es suficiente
- Annie

- 21 oct 2021
- 1 Min. de lectura
Era medianoche. Tranquila, calurosa, típica de un verano cualquiera en una ciudad cualquiera. Típica en su vida monótona. Vida que aborrecía. Vida que desperdiciaba. Vida que detestaba. Hasta que apareció ella.
No sabe cuánto durará. No sabe ni qué es exactamente. Pero le gusta.
Le gusta su pelo, y el olor de su pelo. Le gusta notar cómo se desliza entre sus dedos mientras lo acaricia.
Le gusta su piel. Suave, cálida, como recubierta por una fina capa de seda. Le gusta ir recorriendo con su dedo cada uno de sus lunares. Contarlos una y otra vez, como si al saber cuántos hay exactamente pudiese deshacer el hechizo de lo desconocido.
Le gusta enredar sus dedos entre los de ella, sólo para sentir que es real, que está ahí, junto a él. Sólo para asegurarse de que si de repente empieza a desvanecerse podrá agarrarla y retenerla a su lado. Sólo para no dejarla escapar.
Le gusta besar sus labios, el culmen de la poesía que emana su cuerpo entero, como si fuese una melodía que sólo él pudiese escuchar.
Le gustan sus ojos color chocolate oscuro, dulces y provocadores. Le gusta verlos cambiar de tonalidad con la luz del sol volviéndose de un color avellana.
Le gusta su voz. Le gusta sobretodo cuando pronuncia su nombre, o cuando ríe con él.
Le gusta. De eso no hay duda. Y le gustaría que se quedase ahí un poco más. Un par de días. Semanas. Meses. O, ¿por qué no?, para siempre.
Annie Eichnerová



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