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Vaya día...

  • Foto del escritor: Annie
    Annie
  • 21 oct 2021
  • 6 Min. de lectura

Buenos días por la mañana. El sol brilla, los pajaros cantan, no hay ni una sola nube en el cielo, y tú te levantas con el pie izquierdo.


No es que vayas con mentalidad negativa, pero...


Te miras en el espejo (es inevitable) y te deprimes al instante (también difícil de evitar). Pero no pasa nada, una buena ducha te refrescará. Te metes debajo del agua, y vaya que si te refresca, porque hoy no hay agua caliente. No pasa nada, piensas, el agua fría es buena para la circulación, piensas. Pero pensar no evita que te estés congelando. Sales, y te tapas con la primera toalla que pillas. Bien, ya está. La ducha siempre lo arregla todo.


Momento de vestirse. No tienes nada que ponerte. ¿Será posible? Tus camisas y vestidos favoritos están para lavar, porque como son tus favoritos, te los pones siempre. Tus vaqueros favoritos son los largos, pero hoy hace un calor infernal. No queda otra que conjuntar como buenamente puedes lo que queda en el armario. Tras hora y media, o dos, decides que así estás bien. O al menos no tan mal. Bueno, suficiente que no vas desnuda.


Ahora el desayuno, porque quieres tener un día redondo, pero no te tomas mas que un café, porque es el día el que tiene que ser redondo, no tú.


A mitad de camino al trabajo ya oyes cómo tu tripa implora por un trocito de comida de verdad. Y no sólo te lo hace saber a ti, sino a todo el vagón del metro. Llegas a tu parada, y te bajas, no sin antes asegurarte de que tienes todo contigo, ¿no? No. Claro que no. Tus gafas de sol tienen esa manía de independizarse de tí cuando menos te lo esperas. Te das cuenta nada mas salir del vagón, y mientras te estás dando la vuelta piensas en la escena de película que podrías crear entrando rápidamente en el vagón, viendo tus gafas a lo lejos y correr hacia ellas de la forma más sexy posible para recuperarlas, y por supuesto, salir del vagón unos instantes antes de que las puertas se cierran. ¿Cuántoas aplaudirían? Nadie, porque mientras imaginas todo esto, las puertas ya se están cerrando, y tú ni has entrado. Pero la culpa no es tuya, sino de ese conductor que tiene la manía de cerrar demasiado rápido las puertas, como cuando antes estabas llegando a la parada ya sin aire por correr desde tu casa, porque sino perdías el metro, y el conductor empezó a cerrar las puertas justo cuando estabas a dos pasos. Por suerte, ahí sí entraste a tiempo, aunque perdieras tu pinza de pelo, y al entrar en el vagón te chocaras con la chica de pelo perfecto que te sujetó, y con esa sonrisita suya te preguntó qué tal estás. Bien, ¿cómo voy a estar? Estoy teniendo un día estupendo, gracias.


Llegando al trabajo te metes directamente en la salita para ponerte la bata que distingue a los médicos de los pacientes. Y poniéndotela recuerdas esa hora y media que has desperdiciado por la mañana para elegir qué ponerte, para que ahora no se vea nada por la bata. Sales, y vas directa a la sala de pacientes tratando de lucir tu mejor sonrisa. Entras en el despacho del médico tutor y ves que no está. ¿Dónde se habrá metido? Habrá ido a por el café, piensas. En ese momento se abre la puerta, y respiras tranquila pensando que ya está aquí, pero en vez de él aparece la enfermera y te dice que el doctor llamó para decir que ha tenido una emergencia, y que se retrasará un par de horitas. ¿Un par de horitas? En ese momento rezas por que su "par de horitas" no sea como tu "par de horitas", que generalmente se convierten en 3 o 4. No pasa nada. Atenderás a los pacientes y lo harás de maravilla, o eso esperas. Pero cuando entra el primero. y después de media hora no has podido ayudarle porque no ha dejado de llorar por su mala salud, pierdes las esperanzas de hacerlo incluso medianamente bien.


Tras varios pacientes, el café de esta mañana te avisa de que necesitas ir al baño, pero le ignoras, porque te quedan muchos pacientes que atender, y ya llevas 45 minutos de retraso en las citas. Y te aguantas. Y te sigues aguantando. Aguantas hasta que llegado un momento no prestas atención a lo que dicen los pacientes. Necesitas ir al baño. Cuando acabes con este paciente, piensas. Pero parece no acabar. ¿Es posible necesitar tantos medicamentos? Por fin sale. Por fin sales. Llegas a los baños y te encuentras al doctor tutor, que había preferido ir al baño antes de ir al despacho, para no tener que levantarse luego. Cuántas cosas más tienes que aprender de él, piensas. Al volver al despacho te centras por completo en los pacientes, y mientras avanza la mañana piensas "por fin, un poco de paz". Y así es, pero tal vez demasiado, porque tras el último paciente a las11:55 ya no llegan más. El doctor tiene mucho que hacer en este tiempo de tranquilidad, pero tú, ¿qué tienes que hacer tú? Pues te quedas ahí tratando de ayudar, y te pasas dos horas haciendo como que no pierdes el tiempo.


Hora de comer. Por fin. Momento de alivio. Pero te das cuenta de que te has dejado la comida en casa. Mejor, así comes en la cafetería algo sustancioso, porque te estás muriendo de hambre. Te sientas y comienzas a disfrutar de las delicias culinarias del hospital. A mitad del segundo plato te das cuenta de que te has manchado la bata, cómo no, pero al menos ahora agradeces tener que llevarla. Tras terminarte las lentejas que te hacían sudar como un pollo, y la merluza con ensalada, te tomas un breve momento de relax sentada en los bancos fuera del hospital. Notas ese sol cómo calienta suavemente tu piel, cómo te relajas y te sientes mejor, tanto, que te duermes. Miras el reloj, y ves que llegas 15 minutos tarde a la reunión con el doctor. Sales corriendo, o más bien entras corriendo al hospital, y te regañan no dos, sino diez veces por los pasillos. Llegas al despacho y le ves recogiendo sus cosas. Lógicamente, pensaba que ya te habías ido. Te disculpas y te sientas.


Atiendes durante la hora y cuarto que dura la reunión, y cuando por fin acaba piensas en que nada más volver a casa te vas a tumbar en el sofá para dejar que el día siga yendo mal, pero sin ti. Al despedirte con el doctor te da la mano, y te dice que el yogur te ayudará para hacerte sentir mejor. ¿Yogur? ¿Tengo cara de estreñida? El yogur es para el calcio, pero tus huesos están bien, y no terminas de entender nada hasta que te rascas la frente porque el pelo te estaba molestando. Te has quemado la cara. Sólo la cara. Tienes el cuello blanco, y la cara roja, algo así como la bandera japonesa. Qué horror. Recoges todo lo más rápido posible, y te vas a casa, andando durante todo el camino con la cabeza agachada, para que la gente no vea tu cara de tomate.


Llegas a casa, te tumbas en el sofá, y te echas el yogur por toda la cara sintiendo cómo el frío te alivia y te hace sentir mejor. Vaya día, piensas, mientras intentas relajarte. Pero a pesar de haber tenido un par de baches, te acuerdas de que esta noche tienes algo con qué mejorarlo. Esta noche te vas al teatro con tu nov... ¡Mie*da! ¿Cómo vas a ir a ningún sitio con esta cara? No, no. Ni hablar. Le llamas. Le explicas. Se ríe por el teléfono, y dice que te vendrá a recoger a la hora acordada. ¿Está sordo o idiota? ¿Y qué te pones? Vas al armario y te sorprendes encontrando un vestido que te gusta. Te lo pruebas, olvidando que aún tienes yogur en la cara, y por supuesto, lo manchas. ¿Cómo es posible ser tan patosa? No pasa nada. Tienes muchos otros vestidos. Alguno te convencerá, piensas. Tres horas después llaman a la puerta ¿Ya? ¡Llega 5 minutos antes! Te pones el albornoz, y abres.


Y es en ese preciso instante cuando notas que todo lo malo del día se evapora.


Su sonrisa, su hoyuelo mágico que te hace perder el control de tus piernas, su pelo rubio como teñido por los rayos del sol, esos mismos rayos que a ti te quemaron la cara. Entra, te saluda con sus besos de cuento, y te pregunta por qué aún no estás lista. Le explicas todo de nuevo, y él no deja de reírse. Te besa en la frente y te dice que eres lo más adorable de este mundo. Va contigo hasta tu armario, y ojea algunos vestidos mientras tu terminas de maquillarte. Y pasados un par de segundos, como por arte de magia, saca un vestido, El vestido, para esta noche. Es perfecto. ¿Cómo no lo viste tú? Te vistes, y salís de casa. Cogéis el primer taxi que sorprendentemente pasa justo cuando vosotros salís del portal. Llegáis con 2 minutos de sobra al teatro y os acomodáis en vuestros asientos para disfrutar de la obra. Te coge de la mano, y te mira sonriendo. Vaya día, piensas mientras sonríes, y apoyas tu cabeza en su hombro sintiéndote la mujer más afortunada del mundo.


Annie Eichnerová






N. A.: No conozco el día a día de los médicos, por lo que pido perdón a todos los profesionales de ése ámbito por si hay algún error en el relato con respecto a ese tema.

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